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«Enhorabuena, pues, a Elfriede Jelinek. Su osadía demostrada, su voz de mujer –valiente y sospechosa por ella misma–, su lucha contra un pensamiento común que incluso se vanaglorió de tener como presidente a un colaborador conspicuo de Adolf Hitler son un ejemplo que satisface y gratifica. Para mujeres y hombres como Jelinek el oficio de escribir revalida y consolida su posición de absoluta excepcionalidad en los tiempos que corren. Ya nadie fagocitará esta diferencia. Esta singularidad premiada significará también –qué modernos se han vuelto los nobels– que el sentido común, la opinión única y los ídolos de la tribu ofrecerán siempre una grieta suficientemente visible para que los escritores más lúcidos, esos grandes privilegiados de la inteligencia de los últimos tres siglos, eleven la voz de la discordia más moralizada que se pueda imaginar.» Jordi Llovet, El País
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